| Fuiste como una extraña flor entre la piedra negra |
| De esa montaña a la que fui ascendiendo |
| Tapizada de miles de flores muy silvestres… |
| En la parte más baja, en el comienzo. |
| Pero al ir subiendo, la montaña se hizo árida |
| El verde de la base se fue ennegreciendo |
| Las florecillas se fueron esfumando |
| Y la belleza fue desapareciendo. |
| En las alturas, la soledad es intangible |
| Solamente silencio, ruido ensordecedor |
| Miles de almas, ni una sola mirada |
| Como frío portátil |
| y ausencia de la flor. |
| Pero te vi, estabas allí, sola, |
| como esperando |
| Entre la tristeza de la piedra desnuda |
| y solitaria |
| Y con tu aroma a la esperanza recibí |
| Esa extraña flor que me |
| punzaste las entrañas. |
| Me postré frente a ti, como |
| se hace ante Dios |
| De bruces, en cruz mis brazos abiertos |
| Y te vi, te vi y agradecí |
| que estuvieras allí |
| Pues comprobé que aún no estaba muerto. |
| Y en la negra soledad de mi montaña |
| Estabas allí, altiva e imponente |
| Más que aquella rosa del pequeño principito1 |
| Que sabemos jamás, |
| tuvo la misma suerte. |